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Veamos algunos pasajes de tan interesante relato. Ya conocemos que la primera Convención Nacional de 1830 dispuso la apertura de una vía de Quito a Bahía de Caráquez, pasando por Santo Domingo de los Colorados y Chone, asignado 600 pesos para que se contrate a un perito conocedor de esas montañas y haga una trocha, por donde fuese más conveniente. Don José Anacleto Zambrano firmó el contrato y de inmediato inició su trabajo, terminándolo en seis meses y con planillas y recibos estableció el costo de 520 pesos, devolviendo los 80 restantes al erario nacional.

En noviembre de 1939, cuando Carlos Alberto Aray, estando en el bar de Pedro Peña con varios amigos y entre ellos Juan de Dios Zambrano y Emilio Hidalgo, llegó Oscar Luis Castro Intriago, manejando un Chévrolet de 1931, dijo: En este carrito podemos llegar a Quito y demostrar en forma práctica lo factible que es esa gran carretera Chone - Quito, así podríamos interesar a los Poderes Públicos para que se haga realidad esa gran obra y quienes hicieran esa hazaña alcanzarían un triunfo resonante y envidiable. Muchos amigos cooperaron a este empeño, tales como Trajano Viteri Medranda, José Álvarez Calderón, Walter Andrade y Euclides Andrade Vera, quienes obtuvieron que la Ilustre Municipalidad de Chone apoyara el proyecto y pidiera la ayuda económica de los Municipios Manabitas para llevarlo a la realidad.

Juan de Dios Zambrano acompaña a Carlos Alberto Aray en la peregrinación por los Concejos. Calceta -Bolívar- fue el primer visitado y en sesión, dice Aray Vera, logramos convencer a los Señores Concejales, que resolvieron ayudarnos con  300 sucres para el viaje pero que serían remitidos a Quito, tan pronto llegáramos a la capital. Luego fueron a Bahía de Caráquez, dónde ese gran periódico Decano de la prensa manabita, Diario El Globo dirigido entonces por un gran patriota don Carlos Bruno Palau, ya había realizado intensa campaña periodística en apoyo del raid Chone - Quito y tenían colectados más de mil sucres, que fueron entregados a los futuros raidistas, ofreciéndoles mayor calidad para cuando iniciaran el raid. Luego en Rocafuerte, Portoviejo, Santa Ana, Montecristi y Jipijapa, logrando positiva ayuda y franco aplauso a su noble y gran empresa por el progreso de Manabí.

Después de haber comprado el Chévrolet a su dueño, Don Artemidoro Pino en $2.500,00, repararlo y prepararlo para la larga y peligrosa travesía, completando el equipo de los cinco raidistas, se fija el gran día para la salida de Chone: 6 de diciembre, que recuerda dos hechos históricos en la ecuatorianidad: 6 de Diciembre de 1534, fundación española de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Francisco de Quito, y 6 de Diciembre de 1884 la épica batalla naval de Jaramijó.

En el Parque Central de Chone, autoridades, Presidente y Concejales de su Ilustre Municipalidad, Delegaciones de las Entidades representativas del cantón, y un abigarrado público, esperaban con gran júbilo la partida de los raidistas, que en traje de campaña estaban junto al pequeño vehículo.

Una banda de músicos alegraba esos momentos con sentidas marciales piezas. Trajano Viteri Medranda nos hizo una calurosa despedida, en medio de los aplausos de la multitud que llenaba la plaza central, dice Carlos Alberto Aray. Ponderár nuestra férrea voluntad y parangona la empresa que iniciábamos, con tantas otras que llenan las páginas de gloria del pueblo manabita. Y aquí llega el momento cumbre de nuestra partida. El compañero Viteri Medranda, reviste de gran solemnidad el acto, sentencioso y hasta severo en sus frases. Nos toma la promesa diciéndonos:

-Vuestro arrojo y valentía, vuestra audacia y valor de genuinos choneros, os obliga a llegar a la meta o morir en la lucha; que el espíritu de Hernán Cortés os acompañe, y así no podráis regresar sin la victoria. Por Chone, Manabí y por nuestro querido Ecuador, atrás ni un paso, vuestra consigna es avanzar, escalar las cumbres y triunfar. -Prometéis cumplir con esta consigna?... Contestando los cinco raidistas: Si, con voz arrogante, fuerte, vigorosa, valiente. La multitud aplaudió con frenesó. Luego un minuto de emotivo silencio, y las vibraciones de nuestros corazones nos hacían temblar, como si ya estuviéramos ascendiendo las cumbres, e interrumpiendo el augusto y solemne silencio, agregué: Uno de nosotros, si los desapareciésemos, os contará que llegó.

Eran más de las dos de la tarde, cuando el pequeño automóvil, en el que como quiera se acomodaron los raidistas, arrancó, manejado por la experta mano de Plutarco Moreira Barreiro, en medio de la explosión de júbilo, bien pronto la ciudad quedó atrás y las torres de sus Iglesias desaparecieron.

Debían recorrer la primera etapa Chone a Pescadillo, hoy parroquia Aguacero, y un pequeño desperfecto  los obligó a detenerse, soportando la lluvia en improvisado techo de hoja de platanillo, bijao y camacho. Al día siguiente arreglado el desperfecto del carro, un poco adelante en casa de don Tiburcio Barreto, entre El Limón y Zapallo, recibieron gratas atenciones y un clásico café montañero, siguieron llegando al sitio El Zapallo a casa del Barén Gonzáles, al medio día del 7, y habiéndose perforado el radiador del carro, pernoctaron allí para arreglar ese daño, saliendo al día siguiente muy de mañana.

En el sitio Cuello Km. 47 por las fuertes lluvias, el carro se empantana en una gran poza siendo imposible sacarlo sin una mayor ayuda que la encontraron de parte del montañés don Moisés Pazmiño que fue compañero fiel y sacándolos del atolladero lograron llegar a Flavio Alfaro (Km. 52) en la tarde del 8. De allí en adelante les esperaba la impenetrable selva virgen.

Permanecieron dos días preparando todo y con los informes de habitantes de esa selva planificar la ruta a seguir, cuya primera etapa era hasta El Rosado.

El 10 salieron de Flavio Alfaro. Durante el día recorrían lo más posible, llegada la tarde aseguraban el carro y buscaban refugio en alguna casita enclavada en esas montañas. Así entre Flavio Alfaro y Chila, unos 17 kilómetros, los recorrieron en ocho días y de allí a EL ROSADO, 19 más, fueron recorridos en seis días.

Al caer la tarde del 24 de diciembre llegaron a ese sitio y recibidos en casa de don Pedro Vega, que como siempre estuvo listo a prestar toda ayuda. Conocía la selva como la palma de su mano y era franco, leal, sincero y bueno, Y allí pasaron la Noche Buena.

Hubo baile, canto, y magnifica cena. Al día siguiente la despedida, toda la familia presente, menos don Pedro, el Caballero de la campiña. Qué pasó?.... Lo supe después dice Carlos Alberto Aray cuando en otro viaje llegué por allí. Don Pedro no quiso despedirse, sintió el dolor de la despedida, pensando que cuántos o cuáles serían los que no vería jamás, pensó en quienes no regresarían. Conocía la ruta y sabía de sus peligros de muerte.

De El Rosado debíamos llegar al sitio El Piojo, los raidistas, eran cuatro, pues Juan de Dios regresó a Chone en busca del apoyo económico del fuerte, esteros llenos, ríos al desbordarse y el Quinindé totalmente subido.

Era imposible seguir por las montañas por los numerosos esteros que había que salvar y tampoco por las orillas del Quinindé, pues la montaña caía casi a pico sobre el río; decidieron seguir río abajo del Quinindé. Construyen tres balsas, una para el Chévrolet y dos para víveres, combustibles, equipaje y la tripulación, partiendo el 26 de El Rosado, rumbo a El Piojo, que normalmente se hacen tres horas, pero con las grandes crecientes y pasando muchas penalidades hicieron tres días y en ocasiones hubo que nadar, badear y evitar, en las rápidas aguas, el hundimiento de la pequeña balsa que transportaba el vehículo.

Pero al tratar de dejar al Quinindé y pasarse al río Piojo, resuelven desembarcar al Chévrolet y al pasarlo a este río de mayor corriente que el Quinindé sucede lo imprevisto, en medio río se rompe la única palanca con que guiaban la balsita, se rompen las amarras que lo aseguraban desde las dos orillas y la balsita se va aguas abajo del Piojo llegando al Quinindé, seguido por los desesperados raidistas que veían como Artemio Aray sobre la balsita seguía como viejo Capitán listo a hundirse con su barco.

De pronto una tupida enramada casi cubre el cauce del Quinindé que se estrechaba allí y Artemio Aray para no ser atrapado se arroja a las correntosas aguas y la balsa con su preciosa carga desaparece.

Todos seguimos nadando, dice Carlos Alberto Aray, persiguiendo la balsita que había desaparecido de nuestra vista, más tarde la vimos lejos, pero sin el Chévrolet que era nuestra única esperanza. Pensamos que iríamos por el Quinindé a Esmeraldas, nuestra meta era Quito y no el mar. La balsa había dado una vuelta de campana en el momento en que había arrojado al agua.

Después de largo trecho Artemio alcanzó la balsa y subida en ella nos llamaba a gritos pidiéndonos que nademos hacia la izquierda, a donde la balsa con su Capitán se acercaba, luego él saltó y logró amarrarla a la orilla, llegamos todos, y después del tremendo susto, Artemio nos dijo que el carrito seguía amarrado bajo la balsa. Regresaron los expedicionarios al Campamento El Piojo, donde estaban las dos balsas con vituallas, combustibles  y más pertenencias, volviendo luego a la bocana donde habían dejado la balsita con el carro. Era el 31 de enero y en la faena de voltear la balsa, sacar el carrito, secarlo, engrasarlo, tuvimos la satisfacción de ver que estaba intacto y amaneció el primer día del nuevo año de 1940.

Resolvimos seguir por el Quinindé hasta encontrar el río Suma, donde llegamos - dice Carlos Alberto en su relato - a las dos de la tarde, tomando este río aguas arriba, llegamos a Playones a casa de nuestro buen amigo Marcos Angulo.

Mientras tanto Juan de Dios Zambrano que había regresado a Chone en busca de auxilio, desde La Morenita llevaba ya, quince días sin regresar. Pero Juan de Dios había vuelto. Estuvo cuatro días en El Rosado y nadie quería acompañarlo para unirse a sus amigos, porque viajar con ríos desbordados y con un crudo invierno, era extremadamente peligroso.

Todos querían demostrarle que sus compañeros habían fracasado, pero él insistió y al fin lo llevaron en canoa por el Quinindé, y todos lo lugares donde había señales del paso del paso de Los Raidistas, daban los más terribles presentimientos del fracaso.

Pero Juan de Dios siguió adelante y al fin los encontró en Playones, dándose muestras mutuas de alegría por el feliz encuentro, aunque la esperada ayuda de Chone no la había conseguido. De Playones  deciden seguir por el río, para llegar a una finca del Señor Agustín Carranza, y por allí salir ya a un camino carrozable.

Había dos jornadas fuertes, la primera de Playones a El Achiote, la realizaron el 3 de enero. Víveres y más vituallas fueron llevadas en mulares, hasta que siguiendo por el río Suma, llegaron a El Suma, división entre Manabí y Pichincha. Quedaba ya atrás la selva impenetrable de la tierra manabita. Ya existía una pequeña trocha por donde continuar el viaje.

Gran regocijo de Los Raidistas, estaban a cuarenta kilómetros de Santo Domingo de los Colorados. Al fin iban a culminar con todo éxito, lo que podría considerarse la primera gran etapa de la Chone - Quito. Santo Domingo de los Colorados era una naciente parroquia, pero ya tenía Comisario Municipal y lógicamente su Teniente Político, y allí fueron recibidos Los Raidistas choneros en triunfo y personas de varios sitios venían a ver y conocer en carrito en que los choneros habían venido desde Chone y pronto llegarían a Quito.

De allí en adelante el camino, pensaron sería fácil. Pero también hubo grandes dificultades. El General Alberto Enríquez Gallo, dueño de la Hacienda Chiguilpe los retuvo con finas atenciones. En su presencia pasamos el río Buenasilla, bajamos con cabos el carro en un barranco de unos cinco metros al río, le dimos paso apartando unas piedras grandes en su lecho y al otro lado cosa parecida, subir el carrito a otra altura igual y seguir adelante.

Todo lo que he presenciado es magnífico, pero sigo intrigado por mi curiosidad, nos dijo el General, y deseo verlos pasar el próximo río. Y ese paso sería el de la muerte. El río siguiente serpenteaba entre dos paredes de roca viva y a una profundidad de 15 metros.

Ya nos acompañaban 30 trabajadores de la carretera que junto con su afectuoso saludo nos puso a nuestra orden el señor Ministro de Obras Públicas, don Carlos Freile Larrea. El ancho del abismo era no menor de siete metros; se cortaron cuatro grandes palos de 12 metros para alcanzar el firme de los dos bordes del abismo, que colocados y asegurados hicieron como rieles.

Ya sobre ellos el Chévrolet, el piloto Moreira aplastó el arranque y el motor respondió sin demora. Se paralizó el latido de nuestros corazones narra Carlos Alberto Aray - todos estábamos pendientes del paso - era el paso de la muerte, una pequeña desviación en el volante y el carro caía en el abismo, si cedían pocos centímetros los dos palos, el carro resbalaría y junto con su piloto quedaría allí en el fondo del río, como un montón de hierros despedazados. Plutarco Moreira preguntó - me voy?. Y sin perder tiempo le repuse -largo?. Segundos después el carro estaba en la mitad de su camino, los palos flexionaron y se hicieron como hamaca, pero antes de reponernos del tremendo susto, ya el vehículo estaba del otro lado sin novedad. El General Enríquez que presenció el atrevido paso los felicitó, pero también nos increpó calificándonos de - bárbaros, temerarios y abusivos.

Luego se continuó el viaje afrontando a cada paso peligros de muerte. Así en el llamado Paso Del Diablo, donde salvamos un abismo de 300 metros en cuyo fondo corría el Rio Toachi, pasando el pequeño Chévrolet sobre dos ruedas; mientras que Los Raidistas alzaban las otras dos a la derecha junto al abismo, después el endeble puente de madera Lelia, luego nos esperaba el paso sobre el río Pilatón, para lo que Ing. Carlos Vergara, Director de la construcción de la carretera, que desde el paso de El Diablo nos acompañaba, construyó rápidamente el puente provisional de madera, que se lo pasó sin novedad, llegamos al Campamento Los Dos Ríos, y el pequeño Chévrolet que sólo había sufrido un desperfecto casi al iniciar el raid al llegar a ese Campamento se le rompió un rulimán de la rueda delantera, había que pedir el repuesto a Quito.

En los Dos Ríos hubo fiesta, concentrándose todos los trabajadores y técnicos de la carretera; era el sábado 27 de Enero y estaban todos de fiesta, pero a media noche el Ing. Vergara nos pidió continuar el raid, pues eran deseos del Gobierno que arribáramos a Quito el domingo 28 que todo estaba preparado y programado para la gran recepción del pueblo quiteño. Así reparado el carro y con plena lluvia se continuó la jornada, faltando 75 Km., que tuvieron que recorrerlos a pie, pues el fortísimo aguacero empantanaba al carro y a cada instante debía ser sacado a pulso, constantes derrumbes en esa peligrosa zona amenazaba, cortarnos la vía, uno de ellos lo acababan de pasar, cuando a continuación un formidable aluvión se vino sobre la carretera, con árboles y enormes piedras.

Atónitos vieron, alumbrados con potentes luces Sum Flame, esa avalancha, si hubiesen tardado unos dos o tres minutos en ese paso, el derrumbe los hubiera sepultado a todos. En ese trayecto a Chiriboga fueron encontrados por el Secretario General del Sindicato único de Chóferes de Pichincha don Alejandro Rodríguez y el chofer, el gordo César Benítez, que abrazaron y felicitaron a Los Raidistas por su triunfo a nombre de los chóferes pichinchanos.

Benítez había presenciado la salida de Los Raidistas de Chone el 6 de diciembre y al amanecer del 28 de enero los encontraba ya en Chiriboga.

De Chiriboga a Quito hay 52 Kilómetros, Muy de mañana se inició esta última jornada. Pero ya nos acompañaban numerosos vehículos y nuestro Chévrolet dice el historial fue bautizado por entusiastas quiteños como "El Carro de la Victoria". Subía jadeante nuestro carrito el famoso Páramo de San Juan, cuando nos encontraron las simpáticas choneras Hilda y Fina Álvarez, que con Adolfo Salame Hidrovo nos abrazaron llenos de emoción.

Salame también vio nuestra partida en Chone. Casi de inmediato nos encontraron los Miembros del Comité de Manabitas, Presidente el Ing. Isaac Solórzano Cedeño, Rubén Darío Morales y Estenio Murillo un gran chonero, que igualmente nos abrazaron y felicitaron por la gran hazaña.

Continuamos el viaje y cerca de Chillogallo, ya notamos una gran aglomeración de ciudadanos que nos vitoreaban cariñosamente al paso del destartalado Chévrolet. El cura Párroco del lugar se abrió paso y nos obsequió un viejo Pergamino con alusiva leyenda sobre nuestro raid y nos hizo llorar de emoción, al recordarnos a la querida ciudad de Chone, mientras Juan de Dios Zambrano era abrazado por sus hermanas, que jubilosas gozaban del gran triunfo. Desprendiéndose de ellas agradeció en cortas frases y continuamos la marcha.

El carro del Comité de Recepción, rompía la marcha guiándonos hacia la gran ciudad. No hubo más paradas. En la Magdalena la aglomeración era asombrosa. Júbilo desbordante, indescriptible entusiasmo reinaba en la ciudadanía que agitando pañuelos aplaudía frenéticamente, mientras una verdadera lluvia de flores caía a nuestro paso.

Vítores para Manabí, Pichincha, Ecuador, Quito y Chone eran inmensos. Entramos por la calle Bahía, que nos recordaba la gran inicial de la carretera, seguimos por la Avenida 24 de Mayo, pasando por el monumento a los Héroes Ignotos, luego bajo el Arco de la Reina para cruzar las calles centrales de la urbe y llegar finalmente a El Ejido, al Estadio Municipal, el clásico Estadio del Arbolito.

De todos los balcones nos lanzaban hermosos ramilletes de flores y los quiteños, no pudiendo abrazarnos a todos, se contentaban con tocar al estropeado y descolorido Chévrolet, que respondiendo estrepitosamente, rugiendo su motor y echando humo cumplía lealmente su última etapa.

En el viejo Estadio Municipal fuimos objeto de las más estruendosa manifestación, paralizándose a nuestra entrada el partido de fútbol que en nuestro honor se jugaba entre Gladiador y Gimnástico, los más veteranos y queridos cuadros quiteños.

Sombreros, petardos, flores y vítores colmaron el espacio, cuando dimos una vuelta entera sobre la pista del Estadio nos dirigimos al Palacio Municipal, donde se nos ofreció una Sesión Solemne y se nos condecoró por la Muy Ilustre Municipalidad de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Francisco de Quito que presidía el señor don Gustavo Mártensen.

Imponente era el marco que ofrecía el Salón de la Ciudad, un selecto auditorio lo llenaba. Diplomáticos rigurosamente vestidos de etiqueta, luciendo brillantes condecoraciones, altos miembros del gobierno nacional, así mismo altos Jefes del Ejercito y lo mejor de la sociedad quiteña, se habían dado cita en el Salón, para rendirnos el más grande homenaje a que podíamos aspirar nosotros, los cinco raidistas que todavía estábamos con nuestra ropa Kaki, llena de barro y curtidos por el sol inclemente y la lluvia del gran viaje.

Al principio nos cohibimos un poco, dice con toda entereza el líder del raid, pero después tomamos aplomo y recibimos con todo honor y solemnidad las condecoraciones, sendas, medallas de oro, que nos fueron colocadas en nuestros pechos, declarándonos Huéspedes de Honor de la Hidalga Ciudad de Quito. Terminando tan histórico acto, fuimos invitados al Hotel París, donde la Colonia Manabita nos ofreció un suntuoso banquete.

Los Rotarios quiteños nos brindaron un magnífico agasajo en el Salón Las Palmas del Hotel Metropolitano, el señor Encargado del Poder Dr. Andrés F. Córdova, nos ofreció un atento saludo y nos concedió una entrevista especial, luego visitamos algunas Embajadas y en todas partes fuimos objeto de finas y emotivas manifestaciones de aprecio. La prensa dio publicidad inusitada al gran raid, y prácticamente la atención del país se volcó hacia la gran carretera Chone - Quito, cuya posibilidad la habíamos demostrado tan brillante y prácticamente con nuestro raid.

El Presidente electo Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, también nos recibió y ofreció todo su apoyo para la carretera, tan pronto se hiciera cargo del poder y en verdad que cumplió su ofrecimiento, así como el señor Encargado de la presidencia,  Dr. Andrés F. Córdova.

En el Salón Amarillo de la Presidencia de la república, fuimos recibidos por el señor encargado del Poder Dr. Andrés F. Córdova, a quien expusimos el anhelo del pueblo manabita, la verdadera finalidad del raid y la urgencia de que el Gobierno, dignamente presidido por él, le diera el mayor impulso. El Dr. Córdova nos aplaudió nuestro raid, y de inmediato aceptó nuestro pedido. Asignó en el Presupuesto del Estado UN MILLON DOSCIENTOS MIL SUCRES para la obra y se dieron los primeros pasos para crear la JUNTA DE LA CARRETERA QUITO - CHONE, como entidad autónoma que se haría cargo de la carretera y que  mediante fondos especiales realizaría la obra.

La Junta creó, se le dieron fondos propios y la presidió el distinguido manabita Dr. Pío Severo Villamar, representante del Consorcio de Municipalidades Manabitas, prestigiosa Entidad Vial de nuestra provincia, que desde 1931 viene laborando por la vialidad manabita. Este fue el resultado práctico de nuestro raid, aparte de que logramos despertar la opinión pública del Ecuador, a favor de la gran carretera.

Luego habla Carlos Alberto Aray sobre el regreso a Manabí, que lo hacen por Guayaquil por esa otra gran obra del Viejo General de Montecristi Eloy Alfaro, el Ferrocarril del Sur. En Ambato, Riobamba y todos los pueblos de la vía se nos hicieron espontáneas manifestaciones de aprecio. Y por fin relata, con muy pocos detalles los homenajes recibidos en Guayaquil, su llegada a Manta y el triunfal recibimiento que a los esforzados raidistas Carlos Aray, Juan de Dios Zambrano, Emilio Hidalgo, César Artemio Aray y ese gran chofer piloto Plutarco Moreira Barreiro, le hicieran todo el pueblo de Chone.

También habla de nuevos impulsos a la carretera y recuerda que en - la llamada gloriosa Revolución del 28 de Mayo uno de los primeros Decretos Dictatoriales de Dr. Velasco Ibarra fue el de la supresión de la Junta Autónoma de la Carretera Quito - Chone. Y agrega - En el Gobierno del señor Galo Plaza Lasso, nuevamente se le da vida a la carretera y entusiastas legisladores manabitas, Homero Andrade, Silvio Mora Bowen, y Absalán Tola Barcias, la visitan avanzando hasta más allí de la religión de El Sumita, tardando tres días en ese recorrido y comprometen su palabra de honor para dotar de rentas especiales a la gran carretera que prácticamente 1950, estaba abandonada, y los numerosos agricultores afincados en la zona, aclamaban por la reiniciación de los trabajos.

En el Congreso Nacional de 1951 dichos legisladores presentaron el respectivo proyecto de Decreto que crea tales fondos especiales y entrega su construcción al H. Consejo Provincial de Pichincha y al Consorcio de Municipalidades Manabitas, dentro de sus respectivas Jurisdicciones, Decreto que fue sancionado por el Presidente Galo Plaza Lasso, y que hoy está dando los frutos anhelados. Firme y segura va la vía, en manos de estas dos prestigiosas Entidades.

Aquí vemos en foto de Diario El Comercio de 30 de Enero de 1940, a los valientes raidistas choneros que recorrieron la Capital de los ecuatorianos hacen un alto al pie del Monumento de la Independencia, elegantemente vestidos luciendo en sus pechos la áurea Condecoración con que los premió la Muy Ilustre Municipalidad quiteña.

Al centro está el jefe de la gran hazaña, Carlos Alberto Aray, a su derecha el poeta pálido Juan de Dios Zambrano y Plutarco Moreira Barreiro, el hábil y valiente chofer que condujo el carrito; a la izquierda de Carlos Aray constan don Emilio Hidalgo y don César Artemio Aray, que hizo de Doctor de la expedición, hermano de Carlos Alberto Aray, y Enfermero del Ejercito.

Hasta aquí ese Diario de Notas de Carlos Alberto Aray RESUMEN DE UN HISTORIAL, que en homenaje a tan grato, dilecto y sincero amigo, así como a la rebelde y culta tierra de los Chonanas, rendimos en estas páginas. Pero nos quedan algunas incógnitas, que bien puede aclararlas ese otro gran amigo, que por fortuna aún vive, el Poeta Pálido Juan de Dios Zambrano, otro de los cinco choneros del legendario raid, y esas incógnitas son que: ¿Dónde se quedó y dónde puede estar el viejo, destartalado y descolorido CHEVROLET 1931 en el que hicieron el raid? Debería estar en un monumento en Santa Rita, inicio de la gran carretera; donde están, viven o mueren: Emilio Hidalgo, César Artemio Aray al que alguna vez lo encontramos en la bella Paute, y ese otro atrevido raidista que cuando en Chone se buscaba un buen volante y experimentado mecánico, dijo secamente - Ese soy yo, cuenten conmigo, don Plutarco Moreira Barreiro.